Un suceso traumático se desarrolla como consecuencia de la exposición a un acontecimiento estresante, impactante e inesperado en la que la persona tiene la percepción objetiva de peligro vital y amenaza contra su integridad física o la de los demás, y la percepción subjetiva de miedo y horror intenso e incapacidad de afrontar la amenaza. Existe una amplia variedad de circunstancias que definen el suceso traumático, algunos ejemplos son: conflictos armados, violencia interpersonal (agresión física o sexual), catástrofes naturales, desastre colectivo, ataques terroristas, accidentes de tráfico o ser testigo de la muerte de un ser querido.

Durante la experiencia traumática, todo nuestro organismo se prepara para afrontar de forma más adaptativa la situación, nuestra mente procesa la información relacionada con la experiencia y nuestro cuerpo se activa y se moviliza.

En los primeros momentos el cerebro percibe la situación de peligro o amenaza y envía señales a nuestro cuerpo, la sangre se dirige hacia los órganos que más lo necesitan como los músculos, los pulmones y el corazón experimentando síntomas fisiológicos como taquicardia o sensación de ahogo. Nuestro cerebro activa nuestro sistema de defensa innato poniendo en marcha la estrategia más eficaz para afrontar la amenaza mediante la lucha, huida o paralización , es un mecanismo de supervivencia diseñado para protegernos y dar la mejor respuesta ante la situación dada.

Además, nuestra mente procesa la información relacionada con la experiencia traumática a través del sistema de procesamiento de la información. En nuestra vida cotidiana este sistema nos ayuda a integrar la información de cada situación en redes de memoria adaptativas para en un futuro poder recurrir a esa información y responder de una manera eficaz, es una red de aprendizaje. Ante un evento traumático nuestro sistema de procesamiento se bloquea, no integra la nueva información en redes de memoria adaptativas por lo que ese recuerdo junto con los pensamientos, emociones y sensaciones corporales que lo componen se queda aislado y desconectado.

El trauma es la respuesta emocional que genera nuestra mente tras el desbordamiento de nuestros recursos y habilidades de afrontamiento.

Vivir una experiencia traumática supone un cambio repentino en nuestra vida cotidiana y en la visión que tenemos del mundo, de nosotros y de los demás.

Tras ese suceso nos sentimos en peligro, inseguros, extraños con nosotros mismos, sin adaptarnos al cambio que ha ocasionado en nuestras vidas, con necesidad de volver de retomar quienes fuimos.

Es posible que hayamos agotado todos nuestros recursos para hacerle frente o nos hemos quedado sin fuerzas de continuar, nos encontramos perdidos sin encontrar respuestas ni soluciones, no sabemos cómo seguir adelante y en qué dirección. Es un momento de cambio y reflexión, buscando de nuevo nuestro camino.

No todas las personas que viven un acontecimiento traumático acaban experimentando síntomas postraumáticos o el diagnóstico de trastorno por estrés postraumático, depende de las estrategias adaptativas de cada uno para superarlo.

Las principales reacciones como consecuencia del impacto de experimentar un suceso traumático son:

  • Re-experimentación del trauma: a menudo sienten que están reviviendo el trauma una y otra vez por medio de estímulos externos o internos que pueden surgir de forma automática y nos despiertan de nuevo el suceso traumático. Podemos experimentarlo a través de imágenes o flashback, pensamientos, sensaciones angustiosas o pesadillas.
  • Evitación de estímulos asociados al trauma: es común que las personas para disminuir su malestar intenten evitar todos los estímulos relacionados con el suceso, éstos pueden ser lugares, personas, objetos simbólicos e incluso sus propios pensamientos o imágenes mentales.
  • Hipervigilancia y alteración del nivel de alerta: nuestro organismo se activa y se mantiene en un nivel de alerta constante vigilando la presencia de cualquier nuevo peligro a nuestro alrededor. Esto también sucede durante el sueño, siendo frecuentes las dificultades para conciliar el sueño y los despertares nocturnos. Además, podemos experimentar dificultades para mantener la concentración, la atención y la memoria.  
  • Reacciones descontroladas e impulsivas: solemos reaccionar de forma desproporcionada en situaciones cotidianas, nos sentimos más irritables y a la defensiva que de costumbre por lo que nos cuesta controlar nuestros impulsos y nuestra ira. En ocasiones expresamos nuestro malestar con violencia o de forma autodestructiva.
  • Embotamiento afectivo: se caracteriza por un bloqueo emocional donde predominan emociones negativas, la incapacidad de sentir sensaciones positivas y la pérdida del interés en realizar actividades agradables personales y con los demás. Nos solemos sentir extraños y alejados de nosotros mismos y desapegados con sus seres queridos.
  • Cambio de creencias nucleares: supone una modificación de nuestras creencias sobre como vemos el mundo, a nosotros mismos y a los demás, se deteriora nuestra visión sobre nuestra capacidad, autovalía o confianza. Frecuentemente nos sentimos más débiles o vulnerables al ser incapaces de afrontar los problemas cotidianos, nos sentimos desprotegidos e impotentes por no poder controlar la situación e incluso nos sentimos responsables y culpables de lo sucedido.
  • Síntomas disociativos: en ocasiones podemos experimentar sensación de irrealidad, nos sentimos desconectados de nuestro propio cuerpo, de nosotros mismos o de nuestro entorno. También es común la amnesia disociativa donde la persona no recuerda elementos importantes del suceso traumático.
  • Ansiedad, depresión y somatizaciones: son síntomas secundarios como consecuencia del trauma y de los síntomas postraumáticos. A menudo la persona experimenta síntomas fisiológicos ante la percepción de amenaza constante o síntomas depresivos de aislamiento y profunda tristeza ante la sensación de impotencia y pérdida. También son comunes las somatizaciones que se traducen en dolores musculares, problemas gastrointestinales o cefaleas.